top of page

Dos esposas: la amada y la odiada – El secreto detrás de la historia

Una de las cosas más complicadas de leer la Torah para mí —y estoy seguro que para muchos— es enfrentar el pshat, el nivel literal. Queremos ver los secretos, las luces escondidas detrás de las historias, pero las historias siguen ahí… y muchas veces no son fáciles de asimilar incluso para un adulto de mi edad, mucho menos para una niña de 7 años como lo es mi hija menor.


En esta parashá encontramos pasajes que, leídos literalmente, resultan duros: la ley de la prisionera de guerra, reglas de batallas, castigos y situaciones familiares que nos confrontan. Entre ellas está este pasaje:


“Si un hombre tiene dos esposas, una amada y otra odiada, y ambas le dan hijos, y el primogénito es de la odiada… deberá reconocer al hijo de la odiada como primogénito y darle la doble porción, porque él es el principio de su vigor, a él corresponde el derecho de la primogenitura” (Devarim 21:15–17).


Cuando lo leí, pensé en mi casa: soy el único hombre entre mi esposa y mis tres hijas. Imaginé sus miradas inquisitivas preguntándome:

“¿Cómo así que dos esposas? ¿La Torah permite eso? ¿Y cómo alguien puede estar casado con una persona que odia?”.


Entonces comprendí: la Torah nos está retando. Nos dice: “No te quedes en la historia. Yo hablo en código. Tu tarea es buscar el secreto, la luz oculta en la oscuridad, la chispa escondida dentro de la klipá”.


La “amada” y la “odiada” según los sabios


El Zóhar (III, 281a) enseña que estas dos esposas representan nuestras dos voces internas:


La amada (ahuvá): el Yetzer HaRa. El cuerpo la ama porque promete placer inmediato y satisfacción.


La odiada (senuá): el Yetzer HaTov. El cuerpo la rechaza porque exige disciplina, restricción del ego y elevar lo instintivo hacia lo divino.


El Midrash (Bereshit Rabá 34:10) añade que el Yetzer HaRa nace primero, mientras que el Yetzer HaTov solo aparece a los trece años. Por eso, lo primero en manifestarse en el hombre es el deseo egoísta, pero la verdadera herencia pertenece a la voz espiritual.


El Or HaJaim HaKadosh explica que la Torah llama “odiada” a la voz del bien porque al ego le resulta molesta y limitante. El Baal Shem Tov enseña que lo que odiamos en el otro no es más que un espejo de lo que no hemos corregido en nosotros: lo rechazado revela dónde debemos trabajar.


El secreto de la palabra senuá



La palabra שנואה – senuá aparece solo dos veces en toda la Torah: aquí, y en Bereshit 29:31, donde Lea es llamada “senuá” frente a Rajel, la amada. En ambos casos, lo relegado esconde la semilla de la continuidad. De Lea, la “odiada”, surgieron la mayoría de las tribus, incluyendo Yehudá, ancestro del Mashíaj.


Los comentaristas (Rashbam, Ramban) dicen que no significa “odiada” literalmente, sino “menos amada” o “puesta en segundo plano”. El Or HaJaim la relaciona con lo “oculto”, lo que no brilla en la superficie, pero guarda una luz interior.


Aquí está el secreto: de Lea, la “odiada”, surgen la mayoría de las tribus, incluyendo Yehudá, ancestro del Mashíaj. Es decir, lo menos valorado es, en realidad, la raíz de la redención.


El Zóhar explica que nuestro cuerpo “ama” al Yetzer HaRa porque le da placer inmediato, y “odia” al Yetzer HaTov porque lo limita. Pero así como el hijo primogénito corresponde a la odiada, la verdadera bendición proviene de lo que el cuerpo resiste: la disciplina, el trabajo interno, la conexión con lo eterno.


El Arizal añade que lo más rechazado por el cuerpo es lo más elevado para el alma. Y el Baal Shem Tov enseña que lo que odiamos o rechazamos en el otro es un espejo de lo que aún no hemos corregido en nosotros mismos.


Por eso, senuá no es solo “odiada”, sino “lo oculto, lo relegado, lo secundario”. La Torah nos enseña que es precisamente en ese lugar incómodo, en esa parte de nuestra vida que no queremos mirar, donde se encuentra el primogénito, la herencia de Luz y la llave de la redención.


El primogénito y el derecho de herencia


La Torah insiste: aunque el hombre ame a una esposa y odie a la otra, el primogénito de la odiada tiene derecho a la doble porción.


El Zóhar enseña que este es un código: aunque el Yetzer HaRa parezca más fuerte y más natural, el verdadero legado espiritual pertenece al Yetzer HaTov.


El Sefat Emet lo expresa así: “El placer inmediato parece heredar la vida, pero la verdadera herencia, la que permanece y se multiplica, solo proviene del trabajo interior que el cuerpo rechaza.”


El Tanya (cap. 9) lo compara con dos ciudades en guerra: la inclinación animal reclama la primogenitura, pero la inclinación divina, aunque parezca débil, conecta al alma con la eternidad.


Y aquí surge la pregunta: si el Yetzer HaTov es la herencia verdadera, ¿qué hacemos con la fuerza del Yetzer HaRa?


El jasidismo y la transformación del Yetzer



El jasidismo responde: el objetivo no es destruir al Yetzer HaRa, sino transformarlo en aliado.


El Baal Shem Tov enseña que cada deseo tiene en su raíz una chispa de Luz. No hay que apagar ese fuego, sino redirigirlo hacia lo divino: el deseo de comer puede volverse energía para servir a Hashem; el de éxito, motor para dar más; el de amor, puente para reflejar la Luz infinita.


El Maguid de Mezritch lo compara con un caballo salvaje: si lo rechazas, te derriba; si lo domas, te lleva más rápido al destino.


El Rebe de Lubavitch dice: “La amada no desaparece, cambia de rostro. El mismo fuego que antes quemaba, ahora ilumina.”


Así, lo que parecía enemigo se revela como reserva de energía para el crecimiento. La “amada” en exceso esclaviza, pero elevada puede convertirse en la fuerza más poderosa de santidad.


Conclusión



El jasidismo nos enseña que incluso el fuego del Yetzer HaRa puede transformarse en Luz, entonces la enseñanza de la Torah sobre la esposa “amada” y la “odiada” adquiere una nueva profundidad. No se trata de anular una y coronar a la otra, sino de comprender que ambas fuerzas conviven en nosotros y esperan ser dirigidas. La esposa “odiada” (senuá) representa aquello que el cuerpo rechaza pero que guarda el secreto de la herencia espiritual; la “amada” (ahuvá) refleja lo que el cuerpo desea, pero que necesita ser refinado para no esclavizarnos.


Lo que parece odiado (senuá) no es más que la parte de nosotros que aún no hemos integrado. Lo que parece amado (ahuvá) puede ser peligroso si no lo elevamos.


El secreto de esta parashá es que la herencia verdadera no está en lo fácil ni en lo placentero de inmediato, sino en lo que el cuerpo resiste, en lo que nos cuesta, en lo que exige restricción y transformación.


La Torah nos invita a mirar más allá del relato: no se trata de esposas ni de familias polígamas, sino de nuestra propia lucha interna. Y nos recuerda que incluso aquello que rechazamos —la disciplina, el esfuerzo, la incomodidad— guarda en sí la semilla de la doble porción, la chispa de eternidad que nos conecta con el Creador.


La Torah no teme ponernos frente a historias difíciles. Lo hace porque detrás de ellas hay un código. La pregunta no es si podemos tener dos esposas, sino: ¿a qué voz dentro de mí le daré el derecho de primogenitura? ¿A la comodidad inmediata o al legado eterno?O

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
Publicar: Blog2_Post

3157181133

Formulario de suscripción

¡Gracias por tu mensaje!

©2024 por De Vuelta al Sendero. Creada con Wix.com

bottom of page