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El pequeño frasco de luz - Un Cuento sobre Januka

Actualizado: 16 dic 2025


Una invitación desde el hogar y la luz


En esta fecha tan especial de Januká, queremos compartir no una tarjeta, sino algo que nace de un lugar muy cercano a mi corazón y al de mi esposa.


Desde hace un tiempo, hemos decidido contarles a nuestras hijas cuentos antes de dormir. Pero no cualquier cuento. Cuentos que traigan enseñanzas de la Torah sin miedo, sin culpa, sin castigo. Cuentos que no hablen de “pecado”, sino de conciencia; no de error como condena, sino como aprendizaje; no de un HaShem lejano, sino de una Presencia cercana, amorosa y viva.


Creemos profundamente que la luz que un niño recibe a través de una historia queda sembrada para siempre. Que lo que se aprende desde el amor no necesita ser desaprendido después. Y que la Torah, cuando se cuenta como un relato de luz y sentido, no pesa: acompaña.


Este cuento forma parte de esa idea. De ese pequeño ritual familiar que hemos construido: detenernos (janu), encender una luz, y recordar juntos que siempre hay un frasquito intacto dentro de cada uno.


Por eso hoy quiero pedirles algo muy especial.


Que en una de estas noches de Januká se sienten frente a la Janukiá, con sus hijos, nietos, sobrinos o niños de su comunidad —sean judíos o no— y les lean este cuento. Que la luz de las velas ilumine no solo el candelabro, sino también las palabras, los silencios y las miradas.


La luz no pertenece a un grupo. El futuro tampoco.


Cuando un niño crece sin miedo espiritual, con confianza en su luz interior, el mundo entero gana. Porque los niños que aprenden que su luz es valiosa no necesitarán apagar la de otros para brillar.


Que este Januká nos encuentre transmitiendo sin imponer, enseñando sin herir, y sembrando luz donde más importa: en el corazón de los niños.


Si este cuento llega a un niño, ya cumplió su misión.


Januká Sameaj de mi esposa, mis hijas y Yo.



El pequeño frasco de luz

Por Elisha Ben Abraham



Había una vez, hace mucho tiempo, un Templo muy especial.

No era especial por ser grande ni por tener paredes doradas.

Era especial porque dentro de él vivía la luz.


Cada día, la luz brillaba tranquila, como si supiera exactamente qué hacer.

Pero un día llegaron personas que no entendían esa luz.

No querían apagarla… solo querían cambiarla, volverla fría, callada, sin corazón.


Y poco a poco, el Templo se llenó de ruido, de polvo y de confusión.

La luz se escondió.


Cuando todo terminó, el Templo quedó en silencio.

Parecía que ya no había nada que encender.


Tiempo después, Un pequeño grupo de personas volvió al Templo.

No eran los más fuertes ni los más numerosos.

Eran los que no habían olvidado cómo se sentía la luz.


Caminaron despacio, limpiando con cuidado, mirando cada rincón.

Hasta que uno de ellos encontró algo diminuto.


—¿Qué es eso? —preguntó un niño.


Era un frasco pequeñito de aceite, sellado, limpio, intacto.

Había pasado por la confusión, pero no había sido tocado.


—No es mucho —dijo alguien.

—Es suficiente —respondió otro.


Antes de encender la luz, todos se detuvieron.

No por cansancio.

Sino porque sentían que ese momento era importante.


Ese descanso se llamaba “janu”:

una pausa para respirar,

una pausa para recordar,

una pausa para elegir.


En ese silencio, algo despertó.

Encendieron la lámpara.

La luz era pequeña.

No gritaba.

No iluminaba todo el Templo.


Pero era real.


Esa noche, la luz siguió encendida.

Y la siguiente también.

Y la siguiente…


Pasó un día, luego dos, luego muchos más.

La luz no se apuraba.

Sabía que tenía tiempo.


Ocho noches después, el Templo ya no parecía oscuro.

No porque la oscuridad hubiera sido vencida,

sino porque ya no mandaba.


La llama que sabía acompañar


Cuando encendieron la lámpara, no todas las luces despertaron al mismo tiempo.

Primero apareció una llama especial.


No era la más grande.

No era la más brillante.

Pero era la que sabía acercarse sin quemar.


Esa llama caminaba despacito de una luz a otra.

No empujaba.

No apuraba.


Solo se acercaba y decía en voz bajita:

—Estoy aquí contigo.


Y entonces, una por una, las otras luces se animaban a despertar.


La llama especial no se preocupaba por cuántas luces había encendido.

No contaba.

No comparaba.


Sabía algo importante:

cuando una luz ayuda a otra a brillar, no se hace más pequeña.

Se vuelve más clara.


Dicen que esa llama todavía existe.

A veces vive en una persona que escucha con paciencia.

A veces en alguien que acompaña sin corregir.

A veces en quien se queda cuando otros se van.


No siempre se nota.

Pero cuando está cerca, las demás luces se sienten seguras.


El verdadero secreto



Dicen que esa historia no terminó.

Porque cada vez que un niño se anima a ser amable,

cada vez que alguien elige decir la verdad,

cada vez que una persona se detiene y recuerda quién es,

un pequeño frasco de aceite vuelve a aparecer.

Y una luz, aunque sea chiquita,

empieza a brillar en la noche.


Antes de dormir, mira dentro de tu corazón.

Ahí hay un frasquito sellado.

Nadie puede romperlo.

Nadie puede apagarlo.


Solo espera que tú lo enciendas.


Buenas noches.

Que tu luz sueñe…

y mañana vuelva a brillar.


Jag Januka Sameaj pequeño Shamash


 
 
 

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