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El regreso al origen: el canto eterno del alma en Yom Kippur

Actualizado: 8 oct 2025


Esta semana celebramos Yom Kippur, uno de los momentos cúspides del calendario judío, el día más sagrado del año. Un día en el que el tiempo parece detenerse y el alma se libera de las cadenas del cuerpo para elevarse hacia su raíz.


No es casualidad que Yom Kippur esté ubicado siempre entre dos parashot muy especiales: Haazinu y VeZot HaBerajá. Haazinu es el gran cántico de Moshé, un poema que refleja la historia de nuestro pueblo como un canto de amor y retorno. VeZot HaBerajá es su despedida, cargada de bendiciones que revelan el potencial oculto en cada tribu y en cada alma. Entre ambas, aparece Yom Kippur como el puente: entre el canto y la bendición, entre el retorno y la herencia.


Así entendemos que Yom Kippur no llega para doblegarnos, sino para recordarnos quiénes somos: almas eternas, herederos de la Voluntad divina, llamados a transformar la vida en un cántico y en una bendición.


El cántico de Haazinu: recordar nuestro origen eterno



Moshé, en Haazinu, no entrega una simple advertencia, sino un cántico. Un cántico que habla a los cielos y a la tierra, como si dijera: “Toda la creación es testigo de la verdad del alma”. En este cántico está escrito que HaShem cuidó a Israel como un águila que extiende sus alas para proteger a sus crías. Esta imagen no es de reproche, sino de ternura infinita. Es un recordatorio de que nuestra vida, incluso en los momentos de desconexión, está sostenida por un amor mayor que nosotros mismos.


El Baal Shem Tov enseñaba que el cántico de la vida nunca se rompe. Puede sonar desafinado, puede ser apagado por el ruido del mundo, pero en lo más profundo, la melodía sigue intacta. Yom Kippur nos da la oportunidad de volver a escuchar esa melodía. El ayuno, las plegarias, los silencios del día sagrado, no son para castigarnos, sino para quitar el ruido y volver a oír la música de nuestra alma.


Recordar nuestro origen significa entender que no somos simplemente cuerpos que buscan saciedad, sino chispas eternas del Ein Sof. La Kabbalah enseña que Yom Kippur es un “me’en Olam HaBa”, un anticipo del Mundo Venidero, donde las almas viven solo de la Luz Divina. Por eso en este día no necesitamos alimento físico: es la Luz del Creador la que nos sostiene.


Cuando recordamos nuestro origen, el miedo se disuelve y aparece la alegría: la certeza de que somos más que nuestras caídas. Somos herederos de una melodía eterna, hijos de un amor incondicional.


El ayuno como elevación: de la tierra al cielo



El ayuno de Yom Kippur no es un ejercicio de sufrimiento. La Kabbalah revela que es un medio de ascensión. Los cinco aspectos del ayuno —no comer, no beber, no relaciones, no lavado, no ungirse— corresponden a la purificación de los cinco niveles del alma: Néfesh, Rúaj, Neshamá, Jayá y Yejidá. Cada privación no es pérdida, sino apertura, un espacio vacío para que entre más luz.


El Rebe de Lubavitch explicó que en Yom Kippur revelamos el nivel más profundo del alma, la Yejidá. Este punto esencial nunca se separa de HaShem, aunque a veces lo olvidemos. El ayuno nos ayuda a desprendernos de lo superficial y a conectar con ese núcleo eterno. No es que no comamos porque estamos tristes, sino porque nuestra esencia está tan saciada de divinidad que no necesita alimento material.


La Kabbalah agrega que, al ayunar, no solo nosotros nos purificamos: también anulamos la fuerza de la Sitra Ajra, las energías de desconexión que se alimentan de nuestra vitalidad mal dirigida. Ese día, la negatividad no tiene acceso a nuestra luz, porque toda la energía se eleva hacia su fuente.


Ayunar en Yom Kippur no es un acto de dolor, sino de libertad. Es el día en que nos parecemos más a los ángeles, el día en que recordamos que la verdadera vida no está en la carne, sino en el espíritu.


La herencia de VeZot HaBerajá: vivir como bendición



En VeZot HaBerajá, Moshé bendice a cada tribu antes de despedirse del mundo. No se queda en reproches, no repite errores del pasado, sino que mira a cada uno en su potencial único y los bendice. Esa es la verdadera herencia: no riquezas materiales, sino palabras que elevan, un mapa espiritual para el futuro.


R’ Levi Itzjak de Berditchev enseñaba que la bendición más grande es recordarle a alguien lo bueno que tiene, incluso cuando esa persona lo ha olvidado. En Yom Kippur, el Creador hace lo mismo con nosotros: no nos define por nuestras fallas, sino por nuestro potencial eterno. No somos simplemente seres que piden perdón, somos herederos de la Voluntad divina, Eretz = Ratzón, tierra y deseo unidos.


Esta herencia nos invita a cambiar la mirada. Antes de sumergirnos en culpa o arrepentimiento, debemos recordar: somos hijos, no extraños; somos herederos, no siervos sin lugar. Yom Kippur nos coloca en la posición de recibir esa herencia de luz, de recordar que, por encima de todo, somos almas que nunca se han separado del Padre.


El mensaje de la herencia es claro: lo que heredamos no es peso ni juicio, sino bendición. Y al recibirla, estamos llamados a convertirnos nosotros mismos en bendición para los demás.


Yom Kippur: el retorno con alegría


Los maestros jasídicos insisten en que Yom Kippur no es un día de tristeza, sino de alegría. R’ Najmán de Breslev lo resumió con una frase luminosa: “La mayor alegría es comenzar de nuevo”. Y eso es Yom Kippur: un nuevo comienzo, una nueva oportunidad de cantar, de vivir, de bendecir.


La teshuvá —el retorno— no es llorar por el pasado, sino celebrar el presente. Es volver a casa, como un hijo que regresa al abrazo de su padre. El padre no recibe con reproches, sino con una fiesta. Así también, Yom Kippur es la fiesta de nuestro retorno al Creador.


Por eso, aunque nuestras plegarias estén llenas de confesiones, en su raíz son cantos de alegría. Lloramos, sí, pero son lágrimas de liberación, de saber que nunca estuvimos realmente perdidos. En lo más profundo de nuestra Alma/Neshama, siempre estuvimos unidos al Creador.


Yom Kippur es, entonces, la boda entre el alma y su Fuente, un día en que el perdón no se vive como carga, sino como declaración de amor eterno.


Conclusión: recordar quiénes somos


Haazinu nos recuerda que somos un cántico eterno, siempre sostenidos por las alas del amor divino. VeZot HaBerajá y Yom Kippur nos enseñan que somos herederos de bendición, hijos de la Voluntad eterna.


Los sabios nos muestran que el ayuno nos eleva al nivel del alma, más allá de lo físico. Los maestros jasídicos nos revelan que Yom Kippur no es tristeza, sino alegría de comenzar de nuevo. Este día nos invita a recordar que no somos nuestras fallas, ni nuestras culpas, ni nuestras máscaras. Somos almas eternas, herederos del Ratzón del Creador, y Yom Kippur es el día en que esa verdad se revela con toda su luz.


Entrar a Yom Kippur es entrar a la certeza de que estamos en casa. Salir de Yom Kippur es llevar esa certeza al mundo, con bendiciones en los labios y alegría en el corazón.


Mensaje Final


Que este Yom Kippur nos ayude a soltar aquello que ya no necesitamos, a sanar nuestras relaciones, a acercarnos más unos a otros y, sobre todo, a recordar que en el centro de nuestra vida está la luz de la Torah y el amor de HaShem.


Pidamos que seamos sellados en el Libro de la Vida, con salud, paz, abundancia y alegría. Que cada tefilá que pronunciemos eleve no solo nuestras almas, sino las de todo Am Israel y del mundo entero.


Que este día de ayuno y reflexión nos permita renovar nuestras fuerzas, reconciliarnos con nuestro propósito y vivir el año que comienza con claridad, bondad y unión.


Gmar Jatimá Tová – Que seamos todos inscritos y sellados para un año bueno y dulce.


Con cariño y bendiciones,


Elisha Ben Abraham

 
 
 

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