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Deseo que Escojas Vivir en El Mundo de los Milagros


Hace un tiempo, mientras escuchaba un audiobook de Neville Goddard, hubo una frase que se me quedó grabada con una fuerza especial: “No puedes servir a dos dioses.”No es una frase de él obviemanet , pero el enfoque que le dio me atravesó. En ese instante sentí algo muy claro: no estaba escuchando algo nuevo, estaba recordando algo que llevo entendiendo desde hace tiempo.


Y lo que recordé fue esto: La Torah no es un libro de historias. Tampoco es únicamente un libro de leyes. La Torah es un manual de conciencia, una cartografía de cómo funciona la realidad cuando el ser humano entiende quién es y desde dónde crea.


Cuando la Torah dice “No tendrás otros dioses”, no está hablando de ídolos externos. Está hablando de lealtades internas. De a qué le das autoridad en tu vida. De qué voz gobierna cuando tomas decisiones, cuando interpretas lo que te sucede, cuando defines lo que es posible y lo que no.


Uno de esos “dioses” es muy conocido. Es el dios de la realidad aparente. El dios del “así son las cosas”. El dios que se disfraza de sentido común y te susurra: “sé realista”, “no sueñes tanto”, “mira tu situación actual”. Es el dios que se alimenta del pasado y lo proyecta como destino.


La Kabbalah enseña que ese nivel se llama olam ha-he’elem, el mundo del ocultamiento. No porque no haya Luz, sino porque la Luz está velada por la percepción limitada. Cuando una persona vive ahí, confunde lo visible con lo verdadero y convierte el efecto en causa.


El otro “Dios” no compite con ese. Simplemente opera en otro plano. Es HaShem revelándose como la fuente, no como la reacción. Es el Dios de los milagros, que no habita en la carencia ni en el proceso, sino en el final ya cumplido.


El Rebe de Lubavitch explicaba que la emuná auténtica no es creer que HaShem puede hacer un milagro, sino vivir con la certeza de que ya está en marcha, incluso cuando todavía no se ve. Esa certeza no es ingenuidad; es alineación. Es decidir que tu identidad no depende de lo que hoy percibes, sino de la verdad más profunda de quién eres.


Rebe Najman de Breslov lo llevaba aún más al corazón: enseñaba que nunca hay que dejarse caer en la tristeza absoluta, porque la tristeza ata la conciencia al presente aparente. Para él, la alegría no era una emoción superficial, sino un acto espiritual radical. Alegría es vivir como si la redención ya estuviera tocando la puerta.


Neville Goddard decía lo mismo con otro lenguaje: la imaginación no es fantasía, es la fábrica de la realidad. El error humano es consultar constantemente al mundo externo para decidir qué creer, cuando el mundo externo es solo un reflejo retardado de estados internos pasados.


Y Gregg Braden lo confirma desde la ciencia del corazón: el campo responde a lo que eres, no a lo que deseas. Responde a la coherencia entre pensamiento, emoción e identidad.


Todo apunta a la misma verdad antigua: no puedes servir a dos dioses al mismo tiempo. No puedes vivir en el mundo de los milagros mientras sigues obedeciendo las leyes internas del miedo. No puedes crear una vida nueva mientras sigues rindiendo culto a la vieja narrativa. No puedes declarar fe y, al mismo tiempo, permitir que la realidad momentánea tenga la última palabra.


Ignorar la realidad no es negarla. Es negarle el trono. Es mirarla y decirle: “sé que existes, pero no me gobiernas.”


Y aquí quiero que este texto se transforme en algo más. Quiero que sea un deseo de fin de año.Un deseo profundo, honesto y valiente.



Deseo que, aunque sea por un momento, nos permitamos vivir en el mundo de los milagros.Que por un instante dejemos de consultar los problemas, las cifras, los diagnósticos, las demoras, las situaciones adversas. No para huir, sino para recordar quiénes somos cuando no estamos asustados.


Deseo que no dejemos de soñar. Que no dejemos que el cansancio, la lógica dura o las decepciones nos roben la capacidad de creer.


Deseo que cada uno de nosotros sea el milagro de su propia vida,y también el milagro en la vida de quienes ama.


Y, sobre todo, deseo que nunca dejemos morir al niño interior. Ese niño que cree.Ese niño que imagina sin permiso. Ese niño para quien no existe lo imposible, porque su mente no está limitada por el pasado. Ese niño que entiende, sin palabras, que la realidad es maleable.


Porque mientras ese niño viva en nosotros, mientras esa fe siga respirando,mientras esa imaginación siga activa, no hay nada verdaderamente imposible.


Que este nuevo año no lo vivamos reaccionando al mundo, sino creándolo.Que elijamos servir al Dios de los milagros. Y que la realidad, como siempre, termine haciendo lo único que puede hacer: alinearse.

 

 
 
 

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