
IEstar firmes en el pacto y elegir la vida - Parashat Nitzavim.
- Luis Alfredo De la Rosa
- 16 sept 2025
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 8 oct 2025
La Parashá de est semana abre con las palabras:
אתם נצבים היום כולכם לפני ה׳ אלהיכם
“Atem nitzavim hayom kuljem lifnei Hashem Elokeichem” – “Hoy ustedes están firmes, todos, delante de Hashem su Dios” (Devarim 29:9).
La palabra nitzavim no es simplemente “de pie”. Rashi comenta que indica firmeza, como un pilar que permanece erguido. El Sfat Emet explica que esto alude a que el judío no se define por los altibajos de la vida, sino por su raíz divina, que nunca vacila. En Elul, a las puertas de Rosh Hashaná, se nos recuerda: la verdadera estabilidad no viene de lo externo, sino de estar parados frente a Hashem.
El Baal Shem Tov decía que cada judío, incluso en sus momentos más bajos, sigue estando de pie delante de Dios. Puede sentirse caído, pero su esencia (la neshamá) nunca se cae. Por eso Nitzavim es leída siempre antes de Rosh Hashaná: nos recuerda que entramos al juicio divino no desde la debilidad, sino desde la firmeza de sabernos hijos del Rey.
Conexión, no mandamiento

El término “mitzvá” suele traducirse como “mandamiento”. Pero el jasidismo explica que su raíz es tzavta (צוותה) – unión, compañía, conexión… entonces, podemos entender que una mitzvah no es obedecer un mandato, sino crear una tzavtah, un lazo espiritual que conecta nuestra acción con la fuente divina.
El Alter Rebe en el Tanya (cap. 37) enseña que cada mitzvá es un “cable conductor” que conecta al alma con Hashem y hace descender Su luz al mundo físico. Cumplir mitzvot no es obedecer por obligación, sino construir puentes entre lo finito y lo infinito.
El Rebe de Lubavitch agregaba que por eso el cumplimiento de una mitzvá tiene alegría: porque no es un peso jurídico, sino un acto de intimidad con Hashem. En palabras del Kedushat Levi (Rabi Levi Itzjak de Berditchev), cuando una persona cumple una mitzvá con amor, es como abrazar al Creador mismo.
Entendemos entonces que el pacto de Nitzavim no es un contrato legal, sino una alianza de amor.
Consecuencias de las acciones: Naturaleza vs. Conexión divina

Moshé declara:
הנה נתתי לפניך היום את החיים ואת הטוב ואת המוות ואת הרע
Hineh natati lefanecha hayom et hachaim ve’et hatov ve’et hamavet ve’et hara - “Mira, pongo ante ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal” (Devarim 30:15).
El Meor Einayim (Rabi Najum de Chernobyl) explica que cada acción abre un canal espiritual: o bien hacia la vida (dvekut, unión con Hashem) o hacia la desconexión, que es quedar limitado a las leyes de la naturaleza (teva). La naturaleza es estricta: causa y efecto, sin misericordia. Pero la conexión con Hashem a través de las mitzvot abre acceso a la Shefa - el flujo divino de abundancia ilimitada.
El Baal Shem Tov enseñaba que quien se conecta con el Creador vive “por encima del mazal” (más allá del destino natural). No porque las dificultades desaparezcan, sino porque vive bajo un pacto superior, sostenido por la protección divina.
Nitzavim nos recuerda: vivir en el pacto es vivir más allá de lo natural, en una relación de cercanía con Hashem.
El error, la caída y el dolor como parte del plan divino
Todos tropezamos. Todos caemos. Pero, ¿qué lugar tiene el error dentro del pacto eterno?
El Tanya nos susurra (cap. 7) que incluso la averá, ese tropiezo espiritual, no es un final. Es un pasaje. Puede convertirse en el impulso para ascender más alto de lo que hubiéramos imaginado. Nuestros Sabios lo nombraron con una clave luminosa: yeridá tzorej aliá —la caída existe para el ascenso.
El Baal Shem Tov nos recuerda que el dolor que sigue al error no es castigo, sino una carta de amor del Creador. El vacío que sentimos tras la desconexión es el eco que nos llama a regresar. Sin ese vacío, quizás nunca despertaríamos.
El Sfat Emet abre otra puerta: “Cada tropiezo revela que aún hay una raíz más profunda del alma que no se ha manifestado. Y el dolor es la llave que abre esa raíz”.
El error no nos expulsa del pacto. El error nos revela que seguimos dentro. Es parte del camino, un giro inesperado que nos devuelve a El Creador, con más verdad, con más profundidad.
Juicio propio, perdón y teshuvá
El Rebe de Lubavitch enseñaba que el juicio personal es esencial, pero debe hacerse con equilibrio. No para destruirse, sino para realinearse. Si el autojuicio lleva a desesperación, no es voz divina, es voz del yetzer hará.
Perdonarse es también parte del pacto. El Tanya (cap. 29) enseña que la esencia del alma nunca se mancha. Lo que se oscurece son las capas externas, que se pueden limpiar. Reconocer esto nos libera del rol de víctima y nos devuelve al rol de hijo amado de Hashem. El Creador no deja de amarnos cuando fallamos; por el contrario, nos ama aún más porque aceptamos atravesar la experiencia del dolor como un medio de crecimiento. Ese amor es lo que nos permite suavizar la dureza del juicio y recordar que somos siempre sostenidos.
El Kedushat Levi explicaba que perdonarse no es minimizar el error, sino comprender que el error fue necesario en el plan divino para despertar una fuerza interna más grande. En este sentido, el amor del Creador es el marco que nos permite perdonarnos: al saber que Él nunca se aparta de nosotros, aprendemos a no apartarnos de nosotros mismos.
Si usamos el dolor para crecer, entramos en el pacto. Si lo usamos para victimizarnos, quedamos fuera del pacto. Y la llave para transformar el dolor en crecimiento es el amor, que nos recuerda que incluso en la caída seguimos siendo amados y acompañados por Hashem.
“No está en el cielo” – La Torá en tu boca, en tu corazón

Cierra los ojos por un momento y escucha las palabras de Moshé:
“Porque este mandamiento que te prescribo hoy no está más allá de ti, ni está lejos. No está en el cielo… No está del otro lado del mar… Está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que lo lleves a la práctica” (Devarim 30:11-14).
Deja que estas palabras entren en ti. La Torá no está lejos. No es un secreto oculto en el cielo ni un misterio que se encuentra en tierras lejanas. Está aquí mismo, en lo cotidiano, en tu forma de hablar, en tus pensamientos, en cada acción. El Alter Rebe enseña que la mitzvá ya está en tu esencia: no tienes que buscarla afuera, porque ya vive dentro de ti.
Ahora pregúntate: ¿dónde habita Hashem? El Rebe de Lubavitch respondía: en el lugar donde lo dejas entrar. No esperes señales celestiales; el espacio donde Hashem quiere revelarse es tu corazón, y tus actos son la llave que le abre la puerta.
Nuestros Sabios revelan un secreto: la primera palabra de la Torá es Bereshit (בְּרֵאשִׁית), que comienza con la letra Bet (ב). La última palabra de la Torá es Israel (יִשְׂרָאֵל), que termina con la letra Lamed (ל). Juntas forman la palabra Lev (לב) – corazón. Desde el principio hasta el final, la Torá es un viaje al corazón.
Siente esto dentro de ti: “No está lejos de ti”. La Torá no es algo externo, es un camino para alinear tu corazón, y cuando tu corazón se alinea, se convierte en la morada de la Shejiná – la Presencia Divina.
Y allí, en lo más profundo de ese corazón, se revela el secreto más grande: el amor divino e incondicional. Un amor que no se mide, que no depende de lo que haces ni dejas de hacer, un amor que sostiene el universo y que Hashem tiene por ti en cada instante. Ese amor te invita a reflejarlo: a amar a Hashem, a amar al prójimo, y también a amarte a ti mismo como portador de Su chispa.
Respira hondo y recuerda: un corazón alineado con la Torá es un corazón que ama. Un corazón que da, que busca la felicidad, que encuentra amor en todo, incluso en medio del dolor. Ese es el corazón donde mora la eternidad.
Elección y libre albedrío: Elegir la vida
Cuando Moshé declara: “Mira, pongo ante ti la vida y el bien, la muerte y el mal… y elegirás la vida” (Devarim 30:19).
El Baal HaTanya enseña que “elegir la vida” no significa solo vivir, sino elegir la conexión: elegir palabras que den vida, pensamientos que eleven, acciones que construyan.
El Rebe de Lubavitch explicaba que este versículo es el mayor acto de confianza divina hacia nosotros: Hashem nos entrega la libertad. No somos marionetas ni esclavos del destino. Somos socios del Creador en la obra de hacer habitable el mundo con Su presencia.
Y aquí aparece el secreto más profundo: la razón de toda la existencia es el amor. Cuando en la Torá leemos el Nombre Havayah (YHVH), hablamos del aspecto de HaShem que se revela como amor incondicional, como la fuerza que sostiene el universo y le da sentido.
Elegir la vida es elegir el pacto, elegir el amor, elegir ser constructores de propósito. Significa reconocer que en cada instante late dentro de nosotros Havayah, el Amor eterno, que nos invita a responder con amor en lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos y decimos.
Conclusión: Elul y Rosh Hashaná – El pacto renovado

Estamos en Elul, el mes del retorno. El Zohar compara Elul con un rey que sale al campo: accesible, cercano, esperando que nos acerquemos. Nitzavim se lee antes de Rosh Hashaná justamente para recordarnos que no llegamos solos ni débiles: llegamos firmes, parados frente a Hashem, con la capacidad de elegir vida.
Cada error, cada tropiezo, cada vacío tuvo un propósito. Cada mitzvá que cumplimos nos conectó. Cada lágrima fue parte del plan. Y ahora, frente al nuevo año, escuchamos la voz de la Torá: “No está en el cielo, está en tu boca y en tu corazón, para cumplirlo”.
Y aquí surge un secreto profundo: la razón de toda existencia es el amor. Cuando en la Torá encontramos el Nombre YHVH (Havayah), nuestros Sabios explican que no se trata de un nombre cualquiera. Havayah expresa la unión del “fue, es y será”, el flujo eterno de vida que sostiene al universo. Y esa fuerza que sostiene y da existencia es amor divino: un amor incondicional que no depende de lo que hacemos, sino de lo que somos, una chispa de Él. Si cada vez que leemos Hashem o Havayah lo traducimos como “El Amor”, la historia entera de la Torá adquiere otro sentido: es la historia de cómo el Amor crea, corrige, guía y espera nuestro regreso.
Una vez escuché de mi rabino que la Torá es el Nombre completo del Creador. Hoy sabemos que en un código de programación, una sola letra errada o faltante invalida todo el sistema. Tal vez la Torá sea, en esencia, el algoritmo divino que programa nuestro corazón: el código que alinea pensamiento, sentimiento y acción en armonía con Havayah, con el Amor.
Vimos que la palabra Lev (לב – corazón) se forma con la Bet del inicio de la Torá y la Lamed del final. Pero en el texto aparece invertida: Bet–Lamed (בל). ¿Por qué? Tal vez como una clave: Hashem entrega a Moshé la Torá como el código de un corazón alineado con el Amor, con Havayah. Pero nuestro trabajo es leer ese código de regreso, volver a ordenarlo, descifrarlo desde dentro hasta llegar al Lev puro.
La Torá entera nos conduce al corazón, pero para que el corazón se abra y se vuelva la morada de la Shejiná, debemos hacer el viaje de la teshuvá: regresar al origen, al corazón original que late en sintonía con el Amor divino. Ese es el verdadero retorno: reconocer que en el centro de nuestro ser, más allá de las capas, late el Amor eterno que nos dio existencia.
Por eso, más que desearnos simplemente un Shaná Tová, podemos desearnos que este año aprendamos a leer el código de vuelta al origen. Que nuestro corazón se alinee con la Torá y con Havayah. Que nuestro Lev se transforme en un Mishkán vivo, un santuario donde repose la Shejiná. Y que recordemos siempre que el principio, el camino y el fin de toda la existencia es el Amor.



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