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La misión, el pacto y el amor: tres dimensiones del vínculo con el Infinito - Vaetjanan

La palabra “Vaetjanan” (ואתחנן) proviene del verbo hebreo “lehitjanén” (להתחנן), que significa “suplicar” o “rogar con humildad”. Esta palabra da nombre a la parashá que comienza en Devarim (Deuteronomio) 3:23, donde Moshé comparte con nosotros una plegaria muy personal:


ואתחנן אל־יהוה בעת ההוא לאמר

“Y supliqué a HaShem en aquel momento, diciendo…”


Moshé le ruega al Creador que le permita entrar a la Tierra Prometida, a pesar de que ya le ha sido dicho que no lo hará. Pero este ruego no es una exigencia ni una queja. Es el clamor sincero de un alma que sabe que todo lo que se recibe viene de la compasión divina, no del mérito propio. Desde este lugar de profunda vulnerabilidad, Moshé nos muestra que incluso el más grande de los líderes se relaciona con HaShem desde la humildad.


Así comienza la parashá: no con leyes ni decretos, sino con el corazón abierto de Moshé. Esta súplica no es solo un momento íntimo, sino la puerta de entrada a todo lo que está por venir. Porque después de ella, Moshé comienza a compartir un discurso extenso que va mucho más allá de lo legal o histórico. Habla desde la experiencia vivida, desde el amor profundo que siente por su pueblo, y desde el fuego del Sinaí que aún arde en su interior. Sus palabras no buscan imponer, sino tocar el alma de cada oyente.


En realidad, todo lo que Moshé dice a continuación fluye desde esa misma conexión con lo divino. Sus discursos no son fríos ni distantes, sino mensajes cargados de urgencia espiritual, de ternura, de una última entrega antes de su despedida. Cada advertencia, cada recordatorio, cada mandamiento, forma parte de una gran súplica extendida: “No se desconecten. No olviden. No pierdan el vínculo con la Fuente.”


Por eso, Parashat Vaetjanan debe escucharse no como una serie de discursos largos, sino como el eco de un alma que no quiere dejar al pueblo sin su luz. Pero en el fondo, todo está unido por un hilo invisible que Moshé va tejiendo con cada palabra: una invitación a recordar, a despertar, a vivir con conciencia y fidelidad al propósito espiritual del pueblo.


A decir verdad para ser una persona que en algún momento se consideraba pesado de lengua, Moshé sorpresivamente habla muchísimo. Vemos en todo el libro de Devarim a un Moshe transmite al pueblo una serie de instrucciones: no alterar las mitzvot de Dios, evitar la idolatría, recordar lo vivido en el Sinaí, repasar los Diez Mandamientos, declarar el Shemá, e incluso nos adviete sobre los matrimonios mixtos. Y una y otra vez nos reitera que Hashem nos ama—una y otra vez, sin cesar.

Es tanto lo que contiene esta porción semanal, que a veces puede resultarnos abrumador tratar de entender todo lo que dice. Siendo sincero sincero, en varias ocasiones me he quedado en blanco mientras leo este tipo de discursos…


Pero creo que hay algo que repito una y otra vez en la mesa de Shabbat: la Torá no es una colección suelta de relatos y normas o un recuento histórico, es una obra cuidadosamente estructurada, donde cada frase, cada palabra, cada letra encaja como una pieza de un rompecabezas. Pero ¿Cómo funciona esa estructura precisamente en esta parashá? ¿Qué mensaje central quiere transmitirnos esta semana la Torah?


Quizás también vale la pena preguntarnos: Cuando leemos el largo discurso de Moshé, ¿Ocurrió esto en tiempo real? Cuando leemos, podemos llegar a pensar que Moshé pasaba horas hablando, pasando de un tema poderoso a otro, sin mucha conexión aparente.


Leia en las tantos textos que Chabad muy dedicadamente publica en su sitio web, que quizás no era un solo y larguísimo discurso. Tal vez todo el libro de Devarim —incluida esta parashá— no fue pensado como una sola charla interminable, sino como una colección de pequeñas alocuciones, breves y con un enfoque más concreto, fáciles de seguir y comprender.


Ahora bien ¿cómo podríamos identificarlos teniendo en cuenta que la Torá no tiene signos de puntuación? No hay comas, párrafos ni capítulos visibles en el texto original. Entonces, ¿Cómo distinguimos dónde termina una parte y comienza otra? Al leer esta parashá con atención, notamos algo curioso: una expresión que se repite una y otra vez. Aparece al inicio, cuando Moshé dice:


"שמע אל החוקים ואל המשפטים אשר אנכי מלמד אתכם לעשות אותם" - "Escuchen los estatutos y las normas que les estoy enseñando para que las cumplan."


Y más adelante vuelve a decir: "ושמרת את חוקיו ואת מצותיו" - "Guardarás sus decretos y sus mandamientos." Si nos fijamos bien, esta frase aparece con diferentes variaciones a lo largo del texto: "escuchen los jukim, obedezcan los mishpatim, cumplan los mitzvot". Llega un momento en que, al oírlas repetirse, nos desconectamos: “sabemos que hay que cumplir las leyes… pero ¿Es necesario que Moshe nos lo repita tantas veces? Lo leemos tanto que a veces dejamos de prestar atención.


Y en Vaetjanan, estas tres palabras claves: jukim, mishpatim y mitzvot— parecen funcionar como señales en el camino, marcando el inicio y el cierre de cada sección de diferentes discursos de Moshé.


Por ejemplo. El capítulo cuatro empieza con: "ועתה ישראל שמע אל החוקים ואל המשפטים"“Ahora, Israel, escucha los estatutos y las leyes.” Ahí tenemos la apertura del primer bloque. ¿Dónde termina? Un poco más adelante leemos: "ושמרת את חוקיו ואת מצותיו אשר אנכי מצוך היום" - “Guardarás los decretos y mandamientos que te ordeno hoy.” Todo lo que está entre esas dos frases sería el primer discurso.


¿Y el siguiente? Justo donde debe estar: después del cierre del primero, Moshé comienza de nuevo: "שמע ישראל את החוקים ואת המשפטים אשר אנכי מדבר באזניכם היום" "Escucha, Israel, los estatutos y las leyes que hoy hablo a tus oídos.


Y así sigue la parashá. Cada segmento comienza y concluye con variaciones de estas frases que mencionan jukim, mishpatim y mitzvot. Una vez que las separamos, podemos observar cada discurso con claridad, sin que se diluya en un mar de ideas. Así entendemos qué quiere enseñarnos cada uno por separado.


La Misión: Reflejar la Sabiduría Divina


Cuando el pueblo de Israel se prepara para entrar en la Tierra Prometida, Dios les recuerda que deben cumplir Su ley, no solo por obediencia, sino porque esa será su sabiduría ante las demás naciones. Así lo declara la Torá:


“כי היא חכמתכם ובינתכם לעיני העמים”“Porque esta es su sabiduría y su entendimiento ante los ojos de las demás naciones.”

“ואמרו רק עם חכם ונבון הגוי הגדול הזה”“Y dirán: sin duda, esta gran nación es sabia y entendida.”


Esta no es una misión menor. El pueblo de Israel está llamado a ser un ejemplo viviente, una manifestación de sabiduría divina en acción. No mediante discursos ni imposiciones, sino a través de la manera en que vive. Como enseñó el Baal Shem Tov: “La luz no grita. Simplemente ilumina.”


Pero esta luz puede apagarse si olvidamos su origen. Moshé lo advierte con fuerza:

“רק השמר לך ושמור נפשך מאד פן תשכח את הדברים אשר ראו עיניך”“Cuídate mucho y guarda bien tu alma, no sea que olvides lo que tus ojos vieron…”

Y agrega: “והודעתם לבניך ולבני בניך”“Enséñales estas cosas a tus hijos y a los hijos de tus hijos…”


El punto de origen es claro: el monte Sinaí. Allí nació la misión espiritual de Israel. No se trató solo de recibir leyes, sino de un encuentro directo con la Divinidad:

“וידבר ה׳ אליכם מתוך האש”“Hashem les habló desde el fuego”

“ויגד לכם את בריתו”“Y les reveló el pacto que debían guardar.”


Este momento no debe verse como un evento del pasado, sino como la semilla de toda nuestra identidad espiritual. Al recordar ese encuentro, recordamos quiénes somos y para qué fuimos enviados al mundo.


Desde una visión cabalística, el pueblo de Israel actúa como un tzinor – un canal que transmite el Shefa, el flujo de abundancia espiritual desde el Ein Sof hacia la realidad física. Cada mitzvá que cumplimos, cada acto de justicia y compasión, armoniza los mundos y refleja luz divina. Pero si olvidamos nuestra raíz, como explica el Arizal, la conciencia cae en exilio. Por eso, el verdadero cumplimiento de la Torá no comienza con acciones externas, sino con el recuerdo vivo del origen espiritual.


El Pacto: Respeto Como Fundamento del Amor



Después de recordar el encuentro con Hashem en el Sinaí, Moshé repasa lo que allí fue entregado: los Diez Mandamientos. Pero este repaso no es una simple repetición histórica. Es un retorno al momento del pacto, al compromiso que define nuestra relación con el Creador.


“שמע ישראל את החוקים ואת המשפטים אשר אנכי מדבר באזניכם היום”“Escucha, Israel, los estatutos y las leyes que hoy te comunico…”

Y cuando el pueblo pidió que fuera Moshé quien hablara en su nombre, Dios le respondió:

“ואתה פה עמד עמי ואדברה אליך”“Tú quédate aquí conmigo, y Yo te diré los mandamientos, estatutos y leyes que enseñarás.”


Este segundo discurso se cierra con la misma estructura que lo abre, indicando que lo central no es el contenido legal, sino el reencuentro con la esencia del pacto. Según la Kabalá, este brit representa un lazo eterno entre Dios y el alma colectiva de Israel. No depende del mérito ni de las acciones, sino de la esencia misma de quienes somos.


Rabí Najmán de Breslov enseña que el respeto es la base del amor verdadero. Y los Diez Mandamientos son justamente eso: una arquitectura espiritual de respeto. Respeto por Hashem, por la vida, por la verdad, por el otro. No se trata de cumplir por temor al castigo, sino de vivir en conciencia de que, sin ese respeto, nos desconectamos de nuestro propósito más profundo.


En la visión jasídica, este pacto no es estático. Es una energía viva que debe renovarse cada día. No somos solo testigos del pacto, sino sus portadores. Como enseña el Zohar: “Cada día, la voz que salió del Sinaí sigue resonando en los mundos, esperando ser escuchada por quien tiene oído para oír.” Este llamado eterno nos invita a volver una y otra vez al momento fundacional, no para quedarnos en el pasado, sino para vivir con claridad en el presente. Recordar no es nostalgia: es activación


El Amor: Unicidad y Reciprocidad



Al llegar al tramo final de la parashá Vaetjanán, nos encontramos con un discurso que, a simple vista, parece un mosaico de temas diversos. Sin embargo, al observar con atención, descubrimos que todas las piezas giran en torno a un mismo eje: la unicidad de Hashem y la relación amorosa entre Él y Su pueblo.


Aunque lo más conocido de esta sección es el Shema Yisrael, el tercer discurso de Moshé comienza formalmente cuando dice:


וזאת המצוה החקים והמשפטים אשר צוה יהוה אלהיכם ללמד אתכם לעשות בארץ אשר אתם עברים שמה לרשתה

“Y este es el mandamiento, los estatutos y las leyes que el Eterno, tu Dios, te ordenó que enseñes, para que los pongas en práctica en la tierra que vas a conquistar” (Devarim 6:1).


Este versículo inaugura un bloque temático que va desde Devarim 6:1 hasta 7:11. En él, Moshé transmite enseñanzas fundamentales: el Shema (6:4), el Ve’ahavta (6:5–9), advertencias sobre no olvidar a Hashem en la abundancia (6:10–15), instrucciones para educar a los hijos (6:20–25), la prohibición de alianzas con pueblos idólatras (7:1–5), y un recordatorio del amor incondicional de Hashem por Israel (7:6–8). El discurso concluye con las mismas palabras clave con las que empezó, subrayando su unidad temática:


“Y cuidarás el mandamiento, los estatutos y los juicios que yo te ordeno hoy para cumplirlos”(7:11).


Uno de los pilares del discurso es la declaración del Shema:


“Escucha, Israel: Hashem es nuestro Dios, Hashem es Uno.”


Esta no es solo una afirmación teológica, sino una visión completa del mundo. Reconocer que Hashem es Uno no implica solo que hay un único Dios, sino que toda la realidad —lo espiritual y lo material— proviene de una sola Fuente. En contraposición a las creencias politeístas que dividen las fuerzas de la vida entre múltiples deidades, el monoteísmo enseña que todo emana del mismo origen. Esto transforma nuestra relación con Dios de una conexión transaccional (necesito algo de ti y te doy a cambio) a una relación de amor profundo y reconocimiento.


Por eso, inmediatamente después del Shema, la Torá continúa con el mandato de amar a Hashem:


“Amarás a Hashem con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu existencia.”


Este amor surge naturalmente cuando comprendemos que fuimos creados por Él, que existimos por Él, y que Su esencia habita en nosotros. Y si Hashem está en nosotros, también está en el prójimo. Así, el amor a Dios se extiende hacia el amor por los demás, pues todos compartimos la misma Fuente.


Sin embargo, Moshé advierte: cuando entren a la Tierra Prometida y vivan en ciudades que no construyeron, coman de viñas que no plantaron y disfruten de prosperidad, no deben olvidar al Creador. La abundancia puede llevar al olvido espiritual. Por eso se recalca: “No pongas tu confianza en lo que recibiste. No lo lograste tú; Hashem te lo entregó.”


Otra parte esencial del discurso es la educación. Moshé instruye a enseñar a los hijos la historia y los mandamientos. Ellos no vivieron los milagros del Éxodo, ni cruzaron el mar o vieron la columna de fuego. Por eso, nuestra tarea es recordarles constantemente que todo proviene de Hashem, y que esa misma Fuente habita también en ellos. Enseñar no es solo transmitir información, sino anclar a la nueva generación en la experiencia viva del vínculo con la Divinidad.


De ahí se deriva la advertencia sobre no fusionarse con los pueblos idólatras. Esta indicación no nace del odio ni del rechazo cultural, sino de una conciencia espiritual profunda: cuando las almas jóvenes no crecen en un entorno que nutra su conexión con Hashem, esa conexión puede debilitarse o perderse. No se trata de que los otros pueblos sean “malos”, sino de proteger la integridad del alma que aún está formándose.


Finalmente, Moshé cierra su discurso con un recordatorio que desarma cualquier orgullo nacionalista: “No piensen que fueron elegidos por ser numerosos, sino porque Hashem los amó.”

El mensaje central del discurso queda claro: todo gira en torno al amor entre el Creador y Su pueblo. El Shema no es una frase que se recita mecánicamente, sino una meditación viva. Según el Sefer Yetzirá, estas palabras reflejan una visión cósmica: todo es Uno, no hay separación entre lo santo y lo cotidiano.


Desde esta conciencia surge el amor: “Ve’ahavta et Hashem Elokeja…”. Amar a Dios no como un concepto abstracto, sino como nuestra propia Fuente. Como explica el Tanya, este amor no se basa en emociones superficiales, sino en la conexión esencial del alma con su raíz.


El Rebe de Lubavitch enseñaba que recitar el Shema con intención es un acto de entrega total. En ese momento, la persona se funde con la Voluntad Divina. Y desde esa unión, puede también recibir el amor que Hashem tiene por nosotros. El discurso comienza con nuestro amor hacia Él y termina con el recordatorio de que Él nos amó primero.


El Viaje de lo Externo a lo Interno



Asi como en Devarim, en Vaetjanan Moshé está guiándonos en una evolución de consciencia. Primero nos asegura: Hashem está contigo. Después: Hashem te habló. Y finalmente: Hashem te ama, y tú debes amarlo también. Así se construye una relación espiritual verdaderaEste es el mapa de una relación profunda con Hashem, una relación no se basa en miedos, en castigo o recompensa, ni en la lógica, sino en encuentro, compromiso y finalmente amor.


Y quizás, después de ver el discurso de Moshé no como una larga letanía, sino como una coreografía de enseñanzas vivas, podemos entender que no fue una repetición, sino un recordatorio de cómo caminar de nuevo hacia el corazón de la Presencia Divina.


Vaetjanan nos presenta un camino. Este camino no es solo una secuencia de discursos, sino un mapa del alma en su retorno a su origen. No se trata simplemente de cumplir mandamientos o de evitar errores, sino de redescubrir quiénes somos frente a Aquel que nos dio forma. El texto nos muestra que entre las líneas de ley y memoria, hay un pulso que late: el pulso de una relación que trasciende generaciones.


Vaetjanan no nos habla solo con palabras, nos habla con silencios, con repeticiones que son puertas, con principios que no exigen, sino que revelan. Nos recuerda que no fuimos elegidos por méritos, sino por amor; y que nuestro mayor propósito no es obedecer, es vincularnos — vincularnos desde la acción, luego desde el reconocimiento, y finalmente desde una entrega que nace de la emoción primordial: EL AMOR. Como un eco desde el monte Sinaí, Moshé no solo transmite información: revive un pacto. Y quienes lo escuchamos hoy, no nos limitamos a ser meros lectores. Somos parte de esa historia viva. Por eso, más que oír, hoy te invito a recordar…y más que a recordar, te invito a despertar… despertar a esa Chispa Divina que hay en ti…te invito a volver a elegir ser elegidos.







 
 
 

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