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La Sabiduría de Escuchar Más Allá de lo Que se Dice - Yitro

Actualizado: 4 feb

La Parashá Yitró nos muestra un momento clave en la Torá: Yitró, suegro de Moshé y sacerdote de Midián, llega al campamento de los Hijos de Yisrael tras conocer todo lo que HaShem hizo al sacarlos de Mitzráyim - Egipto. Al observar cómo Moshé guía al pueblo, le propone un sistema de liderazgo compartido, estableciendo orden y estructura. Poco después, el pueblo acampa frente al Har Sinaí - El Monte Sinaí, donde ocurre la revelación de los Aseret HaDibrot - Los 10 Mandamientos, marcando el paso de la liberación física a la constitución espiritual de Yisrael.


En un nivel más profundo, la parashá refleja un cambio interno en la conciencia humana. Aunque el pueblo había salido de la esclavitud, aún no sabía habitar la libertad. Yitró enseña que la luz no puede sostenerse sin estructura y que la inspiración, sin integración, se dispersa. El Sinaí simboliza el momento en que el ser humano se vuelve un recipiente capaz de contener y canalizar la revelación, un espacio de orden interior que permite la llegada de la Luz.


El nombre Yitró, de la raíz י־ת־ר, significa agregar, expandir y generar un excedente. Representa aquello que viene de afuera y, aun así, suma; reconoce la verdad y se alinea con ella, aunque no pertenezca al pueblo de Yisrael. Su presencia nos enseña que la sabiduría auténtica no se construye en un sistema cerrado y que la revelación no es patrimonio exclusivo de una identidad, sino de una conciencia dispuesta. Sin esa apertura, no hay Sinaí; sin integrar lo externo, la Torá no puede transformarnos desde adentro.


Escuchar y ordenar: preparar el recipiente para la revelación


וַיִּשְׁמַע יִתְרוֹ

VaYishmá Yitró - Y escuchó Yitró


Nuestros sabios enseñan que la Torá no fue entregada hasta que hubo orden. Antes de que HaShem hable desde el cielo, Yitró, sacerdote de Midián, enseña a Moshé cómo organizar al pueblo. Este orden no es solo administrativo, sino espiritual: la Luz no puede residir donde hay caos. Antes de los Aseret HaDibrot - Los 10 Mandamientos, se establece un sistema que distribuye carga, crea niveles y reconoce límites, porque sin estructura, incluso la mayor revelación se dispersa.


La Torá enfatiza esto en una sola palabra: “VaYishmá Yitró” - Escuchó Yitró. Antes de aconsejar, Yitró escucha; no solo oye relatos de milagros, sino que los integra y permite que lo transformen. Escuchar aquí es silencio interior. Mientras el ser humano está lleno de ruido —control, ansiedad, necesidad de sostenerlo todo— no hay espacio para la revelación. Solo cuando el “yo” se aquieta, la Luz puede descender.


Este principio también lo explica Neville Goddard: la creación no se completa con esfuerzo, sino con reposo. El acto creativo culmina cuando el deseo se suelta y se habita como realidad ya cumplida. La Torá dice lo mismo: primero escucha, luego ordena, y solo entonces la voz puede revelarse. El Sinaí desciende sobre quien ha aprendido a callar, confiar y abrir espacio para lo nuevo.


Llegar al Sinaí: del movimiento a la presencia


ַיִּסְעוּ מֵרְפִידִים וַיָּבֹאוּ מִדְבַּר סִינַי וַיַּחֲנוּ בַּמִּדְבָּר

וַיִּחַן שָׁם יִשְׂרָאֵל נֶגֶד הָהָר

Vayis‘ú meRefidím vayavó’u midbar Sinái vayajánú bamidbár, vayíjan sham Yisrael négued hahár. - Partieron de Refidim y llegaron al desierto de Sinaí, y acamparon en el desierto; y acampó allí Israel, frente a la montaña.


Cuando el pueblo llega al desierto, la Torá dice: “Vayijan sham Yisrael”, “y acampó allí Israel”, usando el verbo en singular. Es como si todo el pueblo fuera una sola persona. Esto nos muestra que antes de cualquier revelación hubo algo muy básico: unidad. No solo estaban juntos en el mismo lugar, sino alineados por dentro, sin ruido interno, sin tanta división. La revelación no empieza con palabras, empieza cuando las personas están presentes y disponibles.


También el lugar elegido nos dice mucho. Har Sinai no es la montaña más grande ni la más imponente. Al contrario, es sencilla y rodeada de montañas más altas. Esto nos recuerda que lo verdaderamente importante no aparece cuando el ego está al frente, sino cuando hay humildad. En la vida diaria pasa igual: cuando estamos llenos de certezas, de control o de querer tener siempre la razón, no hay espacio para nada nuevo. Solo cuando bajamos el volumen del ego, algo puede entrar.


Sinaí no es solo un lugar físico, es un estado interno. Es ese momento en el que dejamos de reaccionar todo el tiempo, soltamos el miedo y el control, y entramos en presencia. Es cuando dejamos atrás viejas historias, hábitos que ya no nos sirven y formas de vivir en tensión constante. Cada uno tiene su propio Har Sinai: esos momentos de silencio interior en los que, sin forzar nada, algo se ordena y la vida empieza a hablar de otra manera.


Cuando la Voz se vuelve Visible



וְכָל־הָעָם רֹאִים אֶת־הַקּוֹלֹת וְאֶת־הַלַּפִּידִם… דַּבֵּר־אַתָּה עִמָּנוּ וְנִשְׁמָעָה וְאַל־יְדַבֵּר עִמָּנוּ אֱלֹהִים פֶּן־נָמוּת׃

Vejor ha‘am ro’ím et hakolót ve’et halapidím… daber atá ‘imánu venishmá‘a, ve’al yedaber ‘imánu Elohím pen namút.- Todo el pueblo veía las voces, las llamas… “Habla tú con nosotros y escucharemos; que no nos hable Elokim, para que no muramos”.


En el Sinaí ocurre algo muy humano: el pueblo no solo escucha, ve la Voz. Es como cuando algo deja de ser una idea y se vuelve una certeza interior. No es “me lo dijeron”, es “me di cuenta”. Todos hemos vivido momentos así, cuando entendemos de golpe algo sobre una relación, una decisión o un límite, y ya no podemos fingir que no lo vimos.


Pero esa claridad también asusta. Ver la Voz significa saber qué hacer, y eso trae responsabilidad. Cuando la verdad se vuelve evidente, ya no hay excusas ni escondites. Por eso el pueblo pide mediación: no rechazan a HaShem, sino que reconocen un límite humano. La intensidad de la verdad, sin filtro, puede ser demasiado para sostenerla de una sola vez.


En la vida diaria pasa igual. A veces sentimos con mucha fuerza qué camino tomar o qué ya no va más, pero necesitamos tiempo y acompañamiento para vivirlo. Moshé representa esa traducción: convertir una verdad grande en pasos posibles. Elegirlo es elegir el proceso, permitir que la Voz siga presente, pero caminando con nosotros en decisiones pequeñas y reales, donde la transformación no deslumbra… sino que se sostiene.


Hacer Antes de Entender: La Ciencia de la Confianza



וַיֹּאמְרוּ כָּל אֲשֶׁר דִּבֶּר יְהוָה נַעֲשֶׂה וְנִשְׁמָע

Vaiómeru kol asher diber HaShem, naasé veNishmá.- “Y dijeron: todo lo que HaShem ha dicho, haremos y escucharemos.” (Shemot / Éxodo 24:7)


En el Sinaí, el pueblo dice algo que rompe la lógica habitual: Naasé veNishmá, “haremos y luego escucharemos”. No piden entender todo antes de actuar. Eligen confiar y entrar en una relación viva con HaShem sin garantías previas. Es una decisión interna: caminar primero y permitir que el sentido aparezca después, desde la experiencia.


Esto nos pasa muchas veces en la vida cotidiana. Hay decisiones que no se entienden del todo hasta que se toman: empezar algo nuevo, poner un límite, soltar una situación que ya no da vida. Si esperamos a tener todas las respuestas claras, muchas veces nos quedamos inmóviles. Naasé veNishmá es animarse a dar el paso desde una certeza interior, aunque la mente todavía no tenga todas las palabras.


Hacer primero no es actuar a ciegas, es confiar en que existe un orden que se revela en el camino. Escuchar después es permitir que la vida nos muestre el porqué, con el tiempo. Así, la Torah deja de ser solo algo que se estudia y se convierte en algo que se vive: una sabiduría que se encarna en decisiones reales, pequeñas y concretas, todos los días.


Los Aseret Hadibrot: la voz que ordena el mundo


וַיְדַבֵּר ה’ אֵלֵיהֶם אֵת כָּל הַדִּבְרֹת

VaYedaber HaShem elehem et kol haDibrot - “HaShem habló a todo el pueblo, diciendo…”


Cuando llegamos a los Aseret Hadibrot, lo que leemos no son simples reglas, sino una forma de ordenar la vida desde su raíz. La Torah nos presenta primero la voz de HaShem dirigida a todo el pueblo: no es un mensaje filtrado, es directo, profundo, que toca tanto el corazón como la conciencia.


Los primeros cinco Dibrot hablan de nuestra relación con HaShem, con la Fuente, con aquello que nos conecta con la luz, con la abundancia y con la realidad más profunda. Los cinco últimos Dibrot, la segunda tabla, nos hablan de nuestra relación con los demás.


Además, encontramos que cada enunciado externo (6-10) es el reflejo del interno (1-5): cuando reconocemos la Fuente, la integridad y la plenitud se despliegan naturalmente en nuestras relaciones. el 1 con el 6, el 2 con el 7, el 3 con el 8, el 4 con el 9 y el 5 con el 10. La relación con la Luz se refleja en la relación con el mundo. Cuando honramos a la Fuente, respetamos la vida; cuando no creamos falsos ídolos, permanecemos fieles y comprometidos; cuando usamos la energía divina con integridad, respetamos los bienes y derechos de los demás; cuando habitamos lo completo, hablamos con verdad; y cuando honramos la estructura que nos sostiene, no deseamos lo que no nos pertenece. Cada acción externa tiene su raíz en la conciencia interna.


Desde esta perspectiva, los Aseret Hadibrot no son solo instrucciones, sino un mapa para vivir desde la plenitud, un recordatorio de que todo acto, interno o externo, puede ser una expresión de conexión con la Fuente. Y, como dice un David Ghiyam, la verdadera transformación ocurre cuando nuestra identidad interna se alinea con la acción externa: no necesitamos forzar nada, sino asumir la completitud como ya dada, como realidad vivida, y dejar que la vida se ordene a su alrededor.


Redescubriendo los primeros Dibrot - enunciados



Habitar la Totalidad - Yo Soy El Eterno, Tu D-os


אָנֹכִי יְהוָה אֱלֹהֶיךָ אֲשֶׁר הוֹצֵאתִיךָ מֵאֶרֶץ מִצְרַיִם מִבֵּית עֲבָדִים…

Anochi HaShem Elohecha Asher Hotzeiticha Me’eretz Mitzrayim Mi’beit Avadim…“Yo soy el eterno, tu D-os, que te saqué de la tierra de Las Limotaciones, de la casa de esclavitud…”


Cada palabra refleja un principio profundo: Anochi habla de totalidad y de la integración del ser; YHVH de la energía creadora que es constante y viva; Elohechade nuestra íntima conexión con la fuerza de la vida; y Asher Hotzeiticha Me’eretz Mitzrayim Mi’beit Avadim señala la transición de la limitación hacia la expansión de la conciencia. Este enunciado nos invita a reconocer que lo que nos libera no es un mandato externo, sino la comprensión de nuestra esencia y la relación con la fuente de todo.


Desde una visión contemporánea, podemos interpretarlo como el despliegue del infinito en nuestra vida. Una interpretación que escuche de un rabino hace Un par de años versa así:


“Soy El Despliegue del Infinito, Soy todo y Soy Tú, Soy quien te sacó del mundo de la limitación y la esclavitud para, al servirme, poder darte todo y que tú estés en una relación de unión conmigo.”


Desde una mirada contemporánea, podemos entenderlo como el despliegue del infinito dentro de nosotros. Habitar nuestra totalidad transforma cada acción: deja de ser un impulso mecánico y se convierte en un flujo consciente. Cuando integramos mente y corazón, cuando sentimos que somos parte de algo más grande, nuestras decisiones y movimientos se alinean con la fuerza que ya está completa, y la vida empieza a desplegarse con más fluidez y armonía.


Así, este primer dibur no es solo una afirmación, sino una invitación a recordar quiénes somos en lo profundo. Cada palabra nos llama a mantener viva la conexión con nuestra fuente, recordándonos que la libertad auténtica no viene de obedecer reglas externas, sino de reconocer nuestro poder interior y de ser co-creadores conscientes de la realidad que habitamos. Vivir desde este lugar es habitar la plenitud de nuestro ser en cada instante.


Reconocer la fuente de tu energía - No tendrás dioses ajenos


וְלֹא יִהְיֶה לְךָ אֱלֹהִים אֲחֵרִים עַל-פָּנָי

Ve’lo yiheye lecha elohim acherim al panai - “No tendrás dioses ajenos de frente a Mí…”


Hoy escojo leerlo así :


“No fragmentes la realidad. No entregues tu conciencia a fuerzas que crees separadas de El Todo. Todo poder que imaginas fuera de la Unidad te esclaviza, porque solo El Creador es la Fuente de toda energía, deseo y vida. Cuando buscas plenitud en lo externo, te alejas de ti mismo; cuando Lo reconoces como el Todo, regresas a casa”


Leído desde una óptica contemporánea, este dibur nos invita a reflexionar sobre dónde dirigimos nuestra energía, atención y deseo. No hablo de estatuas ni dogmas, sino de lo que realmente ocupa nuestra mente y corazón. Avodá zará - Idolatría es cualquier cosa que consume nuestra fuerza vital sin devolver luz: miedo, control, búsqueda de validación, estrés constante o hábitos que nos fragmentan.


Desde el lente de Alan Watts, este enunciado nos recuerda que creamos nuestra realidad por el estado interno que sostenemos, no por lo que creemos o intentamos. La práctica es simple: elegir conscientemente dónde ponemos nuestra fuerza vital, sostener ese estado y dejar de invertir energía en lo que no es la fuente original, todo aquellos que nos desconecta de la vida.


Así, Avodá Zará se convierte en un principio dinámico, un recordatorio de que nuestro enfoque constante define nuestra experiencia. Dirigir nuestra atención hacia la luz y la expansión no es obligación: es reconocer que todo lo que hacemos puede ser un acto de conexión o de dispersión, y que la verdadera libertad surge de alinear nuestra energía con la fuente que da vida.


Habitar el Nombre - No usar El Nombre en vano


וְלֹא תִשָּׂא אֶת-שֵׁם יהוה׳ אֱלֹהֶיךָ לַשָּׁוְא

Ve’lo tisa et-shem Adonay Elohecha lashav - “No lleves el Nombre de HaShem en vano…”


Hoy escojo leerlo así :


No vivas por debajo de lo que eres. Eres un fractal de La Eternidad jugando a recordar en medio del olvido y a experimentar a través de tu historia. Habita la chispa de lo Infinito que hay en ti. Cuando hablas, esa chispa habla. Cuando eliges, esa chispa elige. Cree en ti lo suficiente como para no traicionarte. Honra la grandeza que te habita viviendo con verdad, presencia y conciencia. Lo sagrado no se pronuncia: se encarna.”


Esto nos invita a salir del terreno técnico y legalista y a entrar en conciencia viva. En la Torah, el “Nombre” no es solo un sonido ni una palabra escrita; es la presencia activa, la manera en que el Infinito se hace presente en lo finito. Nombrar algo es activarlo, y portar el Nombre significa ser un canal de esa energía, un estado de integridad y responsabilidad que atraviesa cada pensamiento, palabra y acción. Llevar el Nombre “en vano” no es pronunciarlo mal, sino vivir desconectado de esa fuerza, afirmando unidad pero actuando desde fragmentación, miedo o ego.


Este dibur conecta directamente con la idea del sexto enunciado —el respeto por la vida— y con nuestra energía cotidiana: usar la fuerza vital sin conciencia es un robo de energía sagrada. Actuar sin presencia, manipular, hablar sin verdad o moverse desde miedo es cargar el Nombre en vacío. En cambio, habitarlo es sostener coherencia interna, actuar con integridad aunque nadie observe, y elegir responsabilidad sobre reacción.


Para Goddard esto significa que tu estado interno define la realidad que manifiestas. No es cuestión de creencias o rituales, sino de vivir con atención plena, alineando pensamiento, emoción y acción. Cada decisión es una oportunidad para encarnar tu Nombre: ser fiel a tu luz, a tu potencial, a la chispa que te habita, y así desplegar la energía divina que está dentro de ti, sin necesidad de pronunciarla, solo viviendo desde ella.


Confiar en lo que ya está completo- Observa el

Shabbat para santificarlo


זָכוֹר אֶת־יוֹם הַשַּׁבָּת לְקַדְּשׁוֹ

שֵׁשֶׁת יָמִים תַּעֲבֹד וְעָשִׂיתָ כָּל־מְלַאכְתֶּךָ

Zakor et yom haShabbat lekadsho Sheshet yamim ta’avor ve’asita kol-melachtecha - “Recuerda el día de Shabbat para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu labor.”


Hoy escojo leerlo así :


Detente. Regresa al ritmo original de la creación. No eres solo hacer, producir y conquistar. Eres ser, habitar, recibir. Cuando cesas de dominar el mundo, el mundo vuelve a alinearse contigo. En el reposo recuerdas quién eres y que todo lo que tú deseas, está dado para ti.


Shabbat no es solo un día del calendario ni un mandato externo. Es un estado interior, donde reconoces que todo —el principio, el camino y el final— ya existe. No es esfuerzo ni control; es confianza profunda en la vida que ya está hecha. Cada acto creativo tiene su límite, y tu pausa consciente es la señal de que la obra ha alcanzado su plenitud.


No es descansar porque estás cansado. Es reconocer que todo lo esencial ya existe, desde el principio hasta el final. La vida, la obra, tu esfuerzo: todo ya tiene su lugar. Zajor et yom haShabbat lekadsho nos invita a entrar en ese instante y habitarlo, sin empujar ni controlar. Lekadsho viene de kodesh no entendido como santo, sino como completo… la obra ya está completa y ahora para, confía y descansa.


Durante los seis días trabajamos, creamos, planificamos y movemos el mundo. Shabbat aparece cuando soltamos la necesidad de sostenerlo todo. Dejar de intervenir no es rendirse; es permitir que el proceso que comenzó encuentre su propio camino. Vayinafash es esa expansión del alma, ese suspiro profundo que surge cuando dejas de apretar.


“No hacer melajá - Trabajo” no es una prohibición. Es un recordatorio para la vida contemporánea: no hagas más de lo que corresponde al momento. No manipules, no fuerces, no repitas desde el miedo. Cada creación tiene un punto donde parar forma parte de su perfección, parar hace parte del proceso creativo. Reconocerlo es confianza radical en la vida.


Shabbat es la plenitud que puedes habitar ahora mismo. Zajor significa ver el resultado como real, y Shamor, protegerlo sin sabotearlo con dudas o ansiedad. No hay que esperar, controlar ni revisar una y otra vez. Solo estar presente y permitir que la vida fluya en ti. Esa pausa consciente restaura tu energía y tu presencia.


Honra lo que te trajo aquí - Honrar a Padre y Madre


ּבֵּד אֶת־אָבִיךָ וְאֶת־אִמֶּךָ לְמַעַן יַאֲרִיכוּן יָמֶיךָ עַל הָאֲדָמָה

Kabeid et avikha ve’et imekha, lemaan yaarichun yamekha al ha’adamah -“Honra a tu padre y a tu madre, para que se alarguen tus días sobre la tierra”


Hoy escojo leerlo así :


“Honra tus raíces, reconoce todo lo que te trajo a este momento: tu linaje, tu historia, incluso los quiebres, los silencios y los errores que formaron el mundo del que emerges. Cada experiencia que te precedió te permitió existir y sostenerte en tu vida. Aceptar esto no es nostalgia ni resignación, sino abrir espacio para que la vida fluya sin resistencia. No hay futuro sin integrar el pasado”


Honrar a tus padres es también honrar tu propia historia. Todo lo que ellos vivieron, incluso lo que fue difícil, forma el suelo desde el que creces. No se trata de juzgar ni de idealizar, sino de integrar. Cada experiencia pasada, aceptada y comprendida, te permite moverte en el presente con mayor libertad y conciencia.


Al reconciliarte con tu historia, puedes vivir de manera más plena. Ya no necesitas pelear contra lo que fue ni repetir patrones inconscientes. Aprender de los errores y aceptar lo que no se puede cambiar crea un flujo interno que te conecta con tu propio poder y tu capacidad de elegir cada día.


Esta mirada también se refleja en tus relaciones actuales. Si no reconoces tus raíces, proyectas fragmentación y conflicto. Pero al aceptar de dónde vienes, puedes dar y recibir en el presente desde la calma, sin cargar con cargas invisibles del pasado. Honrar a tus padres es honrar la energía que te trajo a este mundo y la que ahora puedes compartir.


Habitar la Plenitud: Una Invitación a Vivir los Dibrot


Al leer la parasha de esta semana desde un lente místico, entendemos que Yitró representa la sabiduría de la apertura y la integración, que llega al campamento de los Hijos de Yisrael, no a traer soluciones ni órdenes; llega simplemente a escuchar y ver lo que ya existía. Su presencia nos recuerda que a veces el primer paso no es hacer, sino detenerse y abrir espacio. Solo cuando el ruido se aquieta, cuando dejamos de sostenerlo todo, podemos percibir con claridad lo que realmente importa. Tal vez hoy, en tu propia vida, esto significa mirar tu mundo interior y dejar que lo que necesita ordenarse encuentre su lugar.


Cada palabra de los Dibrot puede sentirse como un eco dentro de nosotros. “Yo soy HaShem, tu D-os, que te saqué de la tierra de Egipto…” no es una instrucción; es un recordatorio de que la libertad ya existe, que todo lo que necesitas para vivir desde tu plenitud ya está dentro. Reconocerlo, permitirlo y dejar que guíe tu energía es un acto de presencia, no de obediencia. De igual manera, detenerse en Shabbat invita a confiar: todo lo que deseas ya está dado, solo debes habitarlo.


Honrar a tus padres puede ser más que un mandato; puede ser mirar tu historia con aceptación, reconocer lo que te trajo hasta aquí, incluso en sus partes difíciles, y permitir que todo ello sea el suelo desde el que creces. Mirar hacia adentro, integrar, reconciliar lo que fue, es abrir espacio para moverse con libertad hoy, sin arrastrar cargas innecesarias. Tal vez tu propia pausa, tu propia mirada, te muestre cómo vivir en coherencia con lo que eres y lo que ya tienes.


Cuando entendemos esto, vemos que cada uno de los Dibrot se siente no cómo un mandamiento sino cómo algo cercano y vivo. No como reglas que tenemos que cumplir, sino como puertas que invitan a sentir la conexión contigo mismo y con la vida que te sostiene. Escucha tu ritmo, observa tu energía, confía en que ya estás completo, ya estás pleno. Habitar tu totalidad no requiere más que presencia, un instante a la vez, y una disposición sincera a ser quien ya eres.

 
 
 

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