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Una sola realidad en dos planos - Parashát Yitro - 5786 - Parte 2


Los primeros cinco Diburim - Enunciados establecen el orden interior de la experiencia humana. Hablan de identidad, origen, sentido, tiempo y raíz. No describen comportamientos ni reglas externas, sino estados de conciencia. Antes de mostrar cómo nos relacionamos con el mundo, el texto nos invita a reconocer desde dónde vivimos: qué creemos ser, a qué fuente nos vinculamos y cómo habitamos la vida que nos fue dada.


Los últimos cinco Diburim no aparecen como un nuevo conjunto de mandatos, sino como el reflejo natural de ese estado interno. Aquí se manifiesta un principio esencial: como es adentro, es afuera. La forma en que tratamos la vida, la pareja, la palabra, el deseo y lo que consideramos “del otro” nace directamente del nivel de coherencia —o fragmentación— que sostenemos por dentro.


Cuando la identidad está fragmentada, la relación con el otro se vuelve violenta, infiel, posesiva o engañosa. Cuando la identidad se recuerda, la vida se cuida, los vínculos se honran, la palabra se ordena y el deseo se aquieta. Los segundos cinco diburim no buscan corregir conductas, sino revelar con claridad el estado del vínculo interno desde el cual estamos viviendo.


Entrar en esta segunda mitad del texto es aceptar una invitación a mirarnos con honestidad, sin culpa ni imposición. No se trata de obedecer, sino de comprender cómo cada elección cotidiana es un espejo del mundo interior que habitamos. Desde una mirada contemporánea y desde el sod —el sentido profundo transmitido generación tras generación— estos enunciados dejan de ser normas externas y se revelan como un mapa de conciencia. La invitación ahora es a recorrer, uno a uno, los últimos cinco diburim, no como mandamientos que exigen cumplimiento, sino como espejos vivos que muestran cómo el recuerdo —o el olvido— de nuestra identidad se expresa en la vida.



Elegir la vida: no apagar la chispa



לֹא תִּרְצָח

Lo tirtzaj - No matarás.


Como lo entiendo hoy:

“No apagues la chispa divina en ti ni en el otro. No mates con palabras, juicios o indiferencia. Cada alma es un santuario de Mi Luz. Cuando eliges la vida, Me eliges a Mí. Cuando destruyes al otro, te fragmentas a ti mismo.”


Según los sabios de la Kabbalah, este dibur no se limita a la violencia física. Habla de conciencia. Desde la física cuántica sabemos que el observador influye en el sistema: la forma en que miramos, nombramos y nos relacionamos afecta la realidad que emerge. Cuando reducimos al otro con un juicio, cuando lo anulamos con indiferencia o dureza, estamos colapsando posibilidades, cerrando campos, apagando potencial. Elegir la vida es sostener estados internos que permiten que la realidad del otro —y la nuestra— permanezca abierta, viva y en expansión.


Alan Watts, este enunciado nos invita a revisar cómo ejercemos poder en lo cotidiano. Hoy “matar” suele tomar la forma de deshumanizar, etiquetar, cancelar, ignorar. Es más sutil, pero no menos profundo. Cada vez que dejamos de ver al otro como un ser completo, algo en nosotros también se endurece. La fragmentación que proyectamos afuera se instala adentro. Por eso, cuidar la vida del otro no es un acto moral: es un acto de coherencia interior.


Elige la vida en lo pequeño: en tus palabras, en tu mirada, en tu forma de estar. Protege la chispa en el otro y, sin darte cuenta, estarás cuidando la tuya.


La fidelidad como coherencia del ser


לֹא תִּנְאָף

Lo tináf - No cometerás adulterio.


Como lo entiendo hoy:

“No traiciones la unión. No dividas lo que fue creado para ser uno. La fidelidad no es solo del cuerpo, es del corazón y de la conciencia. Cuando honras el vínculo, Mi Presencia habita entre ustedes.”


Visto desde una mirada cercana a la física cuántica, toda relación genera un campo compartido que se sostiene por atención, presencia y coherencia. Cuando la conciencia se fragmenta —cuando el deseo, la emoción y la acción no están alineados— ese campo pierde estabilidad. La ruptura no comienza en el acto visible, sino en la dispersión de la energía interna: en estar en muchos lugares a la vez, menos en el vínculo que se está habitando.


Para Ghiyam, este dibur invita a revisar cómo nos relacionamos no solo con la pareja, sino con nuestros compromisos vitales. La traición aparece cuando usamos al otro como escape, cuando evitamos la profundidad o cuando buscamos afuera lo que no nos atrevemos a sostener dentro. La fidelidad es una forma de presencia radical: elegir quedarse, mirar, escuchar y crecer sin fragmentarse.


Vive la unión como un espacio consciente; cuando eliges coherencia entre lo que sientes, piensas y haces, la relación se convierte en un lugar donde la vida se ordena y la Presencia puede habitar sin ruptura.


La abundancia que nace de la confianza


לֹא תִּגְנֹב

Lo tignóv - No robarás.


Como lo entiendo hoy:

“No tomes lo que no te corresponde ni desde la acción ni desde la intención. Todo lo que necesitas llega en su tiempo cuando confías en la Fuente. El robo nace de la ilusión de escasez; la certeza de la abundancia disuelve esa ilusión.”


Para Neville Goddard, la sensación de escasez surge cuando la conciencia se contrae y percibe la realidad como limitada. En ese estado, la persona intenta “extraer” energía del entorno —tiempo, atención, reconocimiento o recursos— porque no siente que el campo pueda proveerle. Cuando hay confianza y coherencia interna, el campo responde de otra manera: no es toma, es intercambio; no es carencia, es flujo.


Desde este punto de vista, robar no se limita a un acto material. Ocurre cuando usamos al otro sin presencia, cuando exigimos más de lo que damos, cuando tomamos crédito que no nos pertenece o drenamos energía emocional desde la dependencia o la manipulación. El robo comienza en la mente que cree que no hay suficiente, y se disuelve cuando asumimos que la vida no está en contra nuestra, sino respondiendo a nuestro estado interior.


Revisa desde dónde tomas y desde dónde pides; cuando eliges confiar en la abundancia que ya te habita, dejas de arrebatarle algo al mundo y comienzas a recibir lo que llega de forma justa y plena.


La palabra que ordena la realidad



לֹא־תַעֲנֶה בְרֵעֲךָ עֵד שָׁקֶר

Lo ta‘ané vere‘ajá ed sháker - No darás falso testimonio contra tu prójimo.


Como lo entiendo hoy:

“No deformes la verdad para proteger tu ego. La mentira crea separación; la verdad restablece la Unidad. Cuando tu palabra es recta, tu mundo se ordena. La verdad no acusa: revela.”


Para Greg Braden, la palabra no es solo sonido: es información que organiza el campo. Cuando mentimos —a otros o a nosotros mismos— introducimos incoherencia, una distorsión que fragmenta la experiencia. El sistema pierde alineación. En cambio, cuando lo que pensamos, sentimos y decimos está en sintonía, se produce coherencia, y esa coherencia genera orden, claridad y estabilidad en la realidad que habitamos.


Desde la Kabbalah contemporánea, el falso testimonio no ocurre solo en un juicio o frente a otros: sucede cada vez que nos contamos una historia para no ver lo que es, cuando justificamos, exageramos o escondemos por miedo a perder imagen o control. La verdad no es violencia ni juicio; es un acto de valentía interior. Decir la verdad —aunque sea primero en silencio— devuelve dignidad al vínculo con uno mismo y con los demás.


Observa tu palabra, pero sobre todo tu narrativa interna; cuando eliges la verdad como lugar de descanso y no como arma, tu voz se vuelve clara, tus relaciones se ordenan y tu mundo comienza a reflejar esa coherencia.


Habitar la plenitud que ya es tuya


לֹא תַחְמֹד בֵּית רֵעֶךָ ,לֹא תַחְמֹד אֵשֶׁת רֵעֶךָ וְעַבְדּוֹ וַאֲמָתוֹ, וְשׁוֹרוֹ וַחֲמֹרוֹ, וְכֹל אֲשֶׁר לְרֵעֶךָ


Lo tajmód beit re‘eja, lo tajmód eshet re‘eja ve‘avdó va’amató, ve-shoró va-jamoró, ve-kol asher le-re‘eja. No codiciarás la casa de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo ni su sierva, ni su buey ni su asno, ni nada que pertenezca a tu prójimo.


Como lo entiendo hoy:

“No desees ser otro ni vivir la vida de otro. Todo lo que ves fuera ya existe en potencia dentro de ti. La codicia nace cuando olvidas tu plenitud. Cuando reconoces que Yo habito en ti, el deseo se transforma en gratitud y la gratitud abre las puertas de la abundancia.”


Para Joe Dispenza, la codicia es un estado de incoherencia: la atención se fija en lo que falta y el campo responde amplificando esa carencia. El observador que se percibe incompleto colapsa realidades de escasez. En cambio, cuando la conciencia descansa en la sensación de suficiencia, el sistema se reorganiza; el deseo deja de ser urgencia y se vuelve dirección creativa. La abundancia no aparece por acumulación externa, sino por alineación interna.


Para Rab Berg, codiciar no es solo querer lo que otro tiene, sino comparar constantemente, medir la propia vida con parámetros ajenos y vivir desde la sensación de llegar tarde o estar por debajo. Esa comparación erosiona la identidad y desconecta del propio ritmo. Cuando una persona reconoce su camino, su tiempo y su singularidad, la envidia se disuelve y aparece una calma profunda: ya no necesita tomar nada de nadie para sentirse completo.


Vuelve a ti, reconoce lo que ya eres y lo que ya habita en tu interior; cuando dejas de mirar la vida del otro como referencia y eliges agradecer la tuya, el deseo se ordena, la ansiedad cede y la abundancia comienza a fluir como consecuencia natural de habitar tu propia plenitud.


Una invitación a no leer el Dogma.



La Parashá de esta semana nos presenta un texto que, dentro de una mirada religiosa tradicional, suele considerarse uno de los más dogmáticos: los 10 “mandamientos”… órdenes, leyes, normas que parecen venir desde afuera para regular la conducta humana. Leída así, puede sentirse distante, rígida o incluso ajena para quien no se identifica con una tradición religiosa. Pero esa no es la única forma de leerla. Moshe entregó estos enunciados al pueblo para transmitir sabiduría no con el fin de crear una religión o un dogma.


Desde una mirada contemporánea, y desde el sod —el nivel secreto que los sabios de la Kabbalah transmitieron de generación en generación— este mismo texto se revela como algo muy distinto: un mapa del despertar de la conciencia. No habla de obediencia ciega, sino de recuerdo. No describe un sistema de castigos y premios, sino un proceso interno mediante el cual el ser humano aprende a reconocerse como participante activo en la creación.


Bajo este lente, cada “mandamiento” deja de ser una orden externa y se vuelve un umbral de conciencia. No matar, no traicionar, no robar, no mentir, no codiciar… no son prohibiciones morales, sino advertencias amorosas sobre lo que ocurre cuando olvidamos quiénes somos. El texto nos muestra, paso a paso, cómo la fragmentación interna genera separación, y cómo la coherencia, la verdad y la presencia restauran la unidad. Es un llamado constante a recordar que no somos víctimas del mundo, sino co-creadores de la realidad que habitamos.


Yitró, el nombre de esta porción, encarna precisamente esa sabiduría: la capacidad de observar la vida, escuchar al alma, reconocer cuando algo ya no fluye y reorganizar la experiencia desde un lugar más consciente. No impone fe, ofrece claridad. No exige perfección, invita a madurar. Desde ahí, la Parashá se vuelve una propuesta profundamente humana: recordar que somos un fractal del Creador, jugando a experimentar el amor a través de nuestras elecciones, nuestros errores, nuestras caídas y nuestros retornos. Jugar a olvidar para poder volver a recordar.


Leer este texto así no es un acto religioso: es un acto de honestidad interior. Es permitir que un lenguaje antiguo nos hable hoy, no para decirnos qué hacer, sino para ayudarnos a despertar, asumir responsabilidad y elegir —una y otra vez— vivir con más conciencia, más amor y más presencia.

 
 
 

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