
Ver Nuestra belleza - Lej Leja
- Luis Alfredo De la Rosa
- 30 oct 2025
- 4 Min. de lectura
Hay un instante en la Torah que parece pequeño, pero encierra uno de los secretos más luminosos del alma:“Y sucedió que al acercarse a Mitzrayim, Avram dijo a Sarai su esposa: He aquí, ahora sé que eres una mujer de hermoso aspecto” (Bereshit 12:11).
El Zohar enseña que Avram no descubrió la belleza física de Sarai, sino la belleza del alma divina que habitaba en El. Avram representa la mente, la consciencia que busca comprender; Sarai, la Shejiná interna - la chispa divina encendida que habita en nosotros, la dimensión femenina del alma que siente, intuye y revela la Luz. Cuando Avram “ve” a Sarai, es la mente despertando a la belleza del alma. Es el momento en que la consciencia reconoce la divinidad en su interior.
Este reconocimiento ocurre justo cuando Avram está por entrar a Mitzrayim /Egipto— la representación mística de los límites, los miedos, los condicionamientos y las creencias que nos oprimen. Solo cuando el ser humano se aproxima a sus propias fronteras puede ver su verdadera Luz. El descenso a Mitzrayim no fue una caída, sino una oportunidad para ver la Shejiná reflejada en la oscuridad, y entender que incluso en las sombras, HaShem sigue presente. Porque el alma no brilla a pesar de la oscuridad, sino a través de ella.
El cambio de nombres

Más adelante, HaShem cambia los nombres de Avram y Sarai, y al hacerlo, cambia su realidad interior. Avram se convierte en Abraham, Sarai en Sarah. El Creador añade la letra hei (ה), símbolo del aliento divino y de la expansión espiritual. Cada letra hebrea es una corriente viva, y la hei representa la respiración de la creación, la vida que une cielo y tierra.
El Ari Z”l enseña que al añadir esa hei, El Creador insufló en ellos una nueva capacidad de contener Luz.
Avram, “padre elevado”, se volvió Abraham, “padre de multitudes”: su consciencia se expandió más allá de sí mismo, convirtiéndose en canal para toda la humanidad. Sarai, “mi princesa”, se transformó en Sarah, “princesa universal”: su Luz dejó de estar contenida, y comenzó a irradiar al mundo.
En ese instante, el Nombre Divino י־ה (Yah) comenzó a manifestarse a través de ellos. Ya no eran solo dos seres humanos, sino una pareja que encarnaba el flujo entre lo masculino y lo femenino, entre el dar y el recibir. El Zohar dice que entonces la Presencia Divina descansó sobre su unión, porque habían permitido que la heirespirara dentro de ellos.
El despertar del alma: el juego del recordar
Los maestros jasídicos, en especial el Baal Shem Tov, enseñaron que la historia de Abraham es el espejo del alma. Cada uno de nosotros desciende, olvida y luego recuerda. El alma entra en un cuerpo —su propio Mitzrayim—, se cubre de hábitos y de miedo, hasta que un día se encuentra con su propia “Sarah”, la chispa divina interior, y la reconoce.
Ese reconocimiento es el comienzo del despertar: el momento en que recordamos que el Amor que buscamos fuera siempre habitó dentro. La palabra hebrea zajor —recordar— implica volver a unir lo que estaba separado. Recordar no es traer el pasado, sino reunir los fragmentos del alma y devolverlos a la Unidad.
Así, Abraham no caminó hacia un destino geográfico, sino hacia su origen interior. Lej Leja —“Camina hacia ti”— es la travesía de la consciencia que decide regresar al hogar. Y en ese caminar, el alma aprende que el Amor no es una emoción, sino una forma de recordar la Unidad.
El amor como revelación

Cuando Abraham ve la belleza de Sarah, no solo la admira: la reconoce. Reconoce en ella el reflejo de El Creador. El amor, según el Zohar, es el acto de unir lo que la separación había disuelto. Ahavá —amor— comparte raíz con Hav, “dar”, porque amar es dar existencia al otro, es mirarlo y permitir que su Luz brille.
El Baal HaTanya decía que “la belleza que Abraham vio en Sarah es la misma que el alma ve cuando contempla la Divinidad en la Creación.” Esa mirada transforma el mundo, porque donde otros ven apariencia, el corazón iluminado ve propósito. Amar es abrir los ojos a la Presencia, reconocer que todo —aun lo que parece mundano— está lleno de HaShem.
Cuando la hei respira dentro de nosotros
El cambio de nombres no fue exclusivo de Abraham y Sarah, sino que lo vemos en repetidas ocasiones en la Torah. Cada vez que elegimos recordar, que soltamos lo que nos limita, que respiramos con amor, una nueva hei entra en nuestra vida. Esa hei es la respiración divina que expande nuestra consciencia y nos recuerda que no somos solo buscadores: somos canales del Creador.
Y cuando la mente (Abraham) y el alma (Sarah) se reconcilian dentro de nosotros, nace Itzjak, la risa, la alegría del alma que ha recordado su origen. Esa risa es la celebración de quien entiende que todo fue un juego divino: el juego del Amor y del Recordar.
Reflexión final
Cuando Avram vio la belleza de Sarai, vio el alma misma del mundo, la Shejiná que habita en todo lo vivo. Vio que la belleza no está afuera, sino en la consciencia que se despierta.
Dentro de cada uno de nosotros hay un Abraham que busca, una Sarah que espera ser reconocida, un Mitzrayim que limita, y una hei que desea respirar. Cuando esa hei comienza a vivir dentro de nosotros, la historia deja de ser antigua: se vuelve nuestra historia.
Caminar deja de ser un esfuerzo y se convierte en una danza. Amar deja de ser deseo y se convierte en recordar. Y recordar se convierte en volver a casa, al lugar donde HaShem nos habita.



Exquisitas palabras.